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En México no se habla español

Algunos de mis amigos, en tono cariñoso —espero—, me llaman Cervantes. Curioso apodo teniendo en cuenta que ni El Quijote me he leído —quien esté libre de pecado que tire la primera piedra—. Sin embargo, su ilustre adjetivo va más por mi obsesión por el idioma español que por otra cosa.

Que sí, que soy consciente de que estar pegados a los vecinos del norte tiene claras repercusiones en la cultura —véase la costumbre de celebrar Halloween y la iniciativa de algunos hoteles por ofrecer a sus huéspedes norteamericanos una cena de Acción de Gracias—, pero eso no significa que debamos renunciar a nuestro ADN. Y el idioma oficial de México, queridos amigos, no es otro que el español.

He de reconocer que cuando llegué a este país, el coger y el “culo” no fueron mis únicos enfrentamientos con el lenguaje. Los anglicismos y los términos españolizados a lo bruto —véase coachear— llegaron a hacer cortocircuito en mi sistema. Aún recuerdo cuando una amiga me llamó un jueves por la tarde para decirme que la habían invitado a una cena súper top y me ofreció ser su “plus one”. ¿Perdona? ¿tu qué? ¿Dónde quedó el “quieres ser mi acompañante” de toda la vida? Y puedo tolerar que el código de vestimenta haya pasado a ser un simple dress code y que la gente se despida con un escueto “bye” —yo seguiré defendiendo mi “hasta luego” de siempre— pero oye, ¿que me llames para ir a hanguear —no sé ni cómo escribirlo—? ¿qué es eso? ¿No podemos quedar para tomar un café y echar una risas como T-O-D-A L-A V-I-D-A D-E D-I-O-S?

En más de una ocasión he tenido que acompañar a alguna compañera al cajero porque no traía “cash” para pagar la comida o he tenido que posponer mi reunión con el jefe porque “andaba a full”. Y luego me dicen que soy una exagerada cuando les corrijo y les digo que nieva y no “neva”. Por favor… Al menos yo no insisto en “bustear” una publicación para obtener más visibilidad —la verdad es que yo con promocionarla me conformo—.

Señores, blush es colorete —o rubor, en su defecto—, lipstick es pintalabios —o labial, si prefieres—, y, definitivamente, por mucho que te empeñes en decir que te encantan los shots, en el Diccionario de la Real Academia Española no hay cabida para otra cosa que no sean chupitos.

Así que abracemos todos el idioma de Cervantes, alcemos nuestras copas y digamos “salud”—al que me salga con un “cheers” le doy con la copa en la cabeza—.

Soy ovetense de nacimiento y mexicana por adopción. Periodista de profesión y cotilla por vocación, dicen que el sarcasmo y el humor negro son mis señas de identidad.

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