El Confesionario

En México no hay tráfico

Según el Diccionario de la Real Academia, el sustantivo “tráfico” se refiere a la circulación de vehículos. Teniendo en cuenta que en México hay tantos coches que la circulación es casi nula, podemos afirmar que en México, de hecho, no hay tráfico.

Recuerdo la primera vez que llegué a este país. Al bajar del avión lo primero que vi fue un vendedor ambulante paseando entre los coches ofreciendo lo que mi querido amigo Manus definió como “alegrías”. Os podéis imaginar mi cara en ese momento… ¿alegrías a plena luz del día? Después comprobaría que solo se refería a un dulce propio de la tierra que, por cierto, está bastante rico.

Volviendo al punto inicial, la cuestión es que el hecho de ver personas vendiendo comida y otras amenidades entre los vehículos fue el primer indicativo de que en México la gente pasa mucho, mucho —M-U-C-H-O— tiempo en su coche.

La segunda alarma que me advirtió de lo que estaba por venir fue la primera vez que me subí al coche de una mujer. ¿Quién lleva una plancha del pelo —ojo, adaptable para enchufarla en el cenicero del automóvil—, el estuche de maquillaje y los restos de un desayuno continental en la guantera?

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Como lo oyes, en México las mujeres tienen la capacidad de maquillarse entre semáforo y semáforo. Y no te hablo solo de un no make-up; me refiero a que tienen la habilidad necesaria para hacerse un smokey eye a la vez que se toman su café —del Starbucks, por supuesto. Aunque eso les retrase 15 minutos más, siempre es mejor llegar fardando con tu vaso del café verde, que asumiendo el papel de godín en la máquina de café de la oficina—.

Dejando a un lado las —muchas, para ser exactos— variables que incrementan el fluyo de vehículos en la Ciudad de México (véase lluvia, fechas de pago, manifestaciones, etc.), no hay nada mejor para probar de verdad lo que es el tráfico que salir de la capital un puente cualquiera. Así me pasó este fin de semana cuando, aprovechando el festivo del Día de Muertos, decidí irme a Querétaro. A la vuelta, un trayecto que normalmente se hace en 3 horas, nos llevó casi 6 horas. ¿Te imaginas estar totalmente parado en una autopista como si de un aparcamiento se tratase? Tan real como la vida misma. Y, aunque podría parecer el infierno, lo cierto es que una buena plática, algo para picar y buena música para soltar el estrés a grito pelado —pido perdón públicamente a mi acompañante— hacen que el viaje, incluso, valga la pena.

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En resumidas cuentas, y después de tres años conduciendo en este país, he aprendido que se puede merendar en el coche —unas nueces o unas galletas, tampoco es que vaya yo a sacar el bocadillo de chorizo en pleno Periférico—, y que las largas conversaciones los viernes de quincena —y lloviendo, por no dejar— mantienen vivas las amistades. Eso sí, lo de maquillarme en el coche aún no me atrevo a hacerlo —no vaya a ser que mi código postal me delate y acabe sacándome un ojo con la mascara de pestañas—.

Fotos: Daniela Rodríguez

Soy ovetense de nacimiento y mexicana por adopción. Periodista de profesión y cotilla por vocación, dicen que el sarcasmo y el humor negro son mis señas de identidad.

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