Desayuno en el Hotel Rodavento (Valle de Bravo)
El Confesionario

El día que perdí mi virginidad (en un desayuno)

Ojo, no penséis mal, este no es un artículo pornográfico ni mucho menos —aunque incluya la crónica de algún que otro orgasmo—. Esta es la historia del día que dejé a un lado las galletas de chocolate y me enfrenté, por primera vez, a unos tacos de carnitas para desayunar.

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Para los que no están tan familiarizados con la cultura popular española, deciros que el español, por definición, acostumbra a desayunar ligero. Esto significa que no nos metemos una tortilla de patata al alba ni mucho menos una paella. Como mucho, una tostada con aceite de oliva y jamón serrano. Pero vamos, lo normal son unas galletas, cereales o alguna opción de bollería. Advertidos ya sobre mis hábitos, entenderéis lo difícil que fue para mí llegar a un país donde comer barbacoa los domingos por la mañana se considera deporte nacional y donde los huevos (en cualquiera de sus presentaciones) son básicos en el desayuno de la mayoría de los mexicanos.

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Sin embargo; ya que estamos en el confesionario, he de deciros que tras meses citando a Danny Ocean —por aquello del “me rehúso”— decidí probar suerte y hacer realidad lo del “desayuno de campeones”. Empecé con quesadillas de queso —aunque la aclaración es evidente para los norteños, en la capital es necesaria la aclaración— y hoy en día puedo presumir de haber alcanzado el nivel experto, llegando incluso a disfrutar de unos buenos tacos de carnitas, sin necesidad de una noche de fiesta previa que justifique la sobredosis de calorías.

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En mi particular búsqueda de la felicidad culinaria, he de confesar que nada se compara a unos buenos chilaquiles cualquier sábado por la mañana. Eso sí, como buena catadora de este emblemático plato mexicano, considero que hay ciertas reglas que se deben cumplir para alzarse con el título de “unos buenos chilaquiles”. En primer lugar, T-I-E-N-E-N Q-U-E P-I-C-A-R. Nada de salsitas flojitas que pasan desapercibidas por las papilas gustativas. Solo los que de verdad despiertan tu fuego interior merecen mención especial. Por si me preguntan los puristas, yo los prefiero verdes que rojos, aunque si se me permite la licencia de la innovación, me quedo con los cremosos de chipotle del restaurante Volver. Si por alguna razón no los ves en la carta, pregunta por ellos, me lo vas a agradecer.

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Por otra parte, dejando a un lado los toppings tradicionales, como huevo y pollo desmenuzado, entramos en uno de los debates más recurrentes en cuanto a los chilaquiles; ¿crujientes o aguados? Esa pregunta, para mí, es cómo si me hicieran elegir entre mi padre o mi madre. La mejor respuesta a esa pregunta son aquellos que combinan totopos de diferentes texturas.

Llegados a este punto, me gustaría hacer una reseña especial a los del Café El Popular; además de que la salsa está en su nivel idóneo de picor y los totopos en su punto, tienen la opción de sustituir la crema y el queso rallado por manchego gratinado. ¿Quieres saber lo que es estar en el séptimo cielo? Aprovecha tu paseo por el centro histórico y date un homenaje.

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Por último, si tu idea es mantener la línea y respetar la dieta a rajatabla —o, al menos, intentarlo— te recomiendo los de Ojo de agua, con totopos horneados y topping de aguacate. Una opción saludable que calmará tu antojo.

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Cuéntame tus preferencias, ¿cuáles son tus chilaquiles favoritos?

Fotos: Alba Vázquez

Soy ovetense de nacimiento y mexicana por adopción. Periodista de profesión y cotilla por vocación, dicen que el sarcasmo y el humor negro son mis señas de identidad.

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