Experiencias

Deportes para pijos

Uno pensará que adquirir una rutina de ejercicio es igual de fácil en cualquier parte del mundo. Pues no, o no exactamente. Los gimnasios, esos lugares de esparcimiento que tanto nos gustan a los españoles para ir a sudar la gota gorda y a socializar un poco, no son tan asequibles fuera de los límites de Fantasía.

En México, al menos, son un producto de semi lujo. Aquí no hay ofertones para menores de 26 (ah, qué buenos tiempos) como en las cadenas más pro de Barcelona, ni espacios subvencionados por ayuntamientos locales. Aquí existen unas dos o tres cadenas que tienen el monopolio del ejercicio metropolitano y exprimen los bolsillos de sus clientes.

Por eso, cansada de pagar una millonada y encadenarme durante un año entero a un mismo local (hacían oferta por pagar un año, yo creo que si pagas cinco, te regalan un kit de mancuernas), donde las clases no me llenaban y donde lo único bueno era contratar (independientemente del paquete que incluye lo que pagas, claro está) un entrenador personal, decidí ampliar mis horizontes.

Algunas amigas me hablaron de varios sistemas de entrenamiento alterno que, según contaban, me iban a enamorar. Una especie de sectas privadas donde lo más importante no es hacer ejercicio sino subirlo a tus redes sociales. Sí, yo también he caído…

El caso es que tras aventurarme con Síclo y Beatbox, seguro habéis oído hablar de ellos, decidí probar una actividad que se hacía llamar Commando Studio. Fui después de que una amiga me dijera que iba a ser la mejor experiencia de mi vida. Lo de “amiga” lo puse en duda después de lo que os voy a contar…

 

En las instrucciones que venían en la web cuando reservabas tu clase, te solicitaban llegar cinco minutos antes para fichar. Sí, sí, como los funcionarios. Total, que quince minutos antes hacía yo mi entrada triunfal por aquella puerta de cristal, con la típica camiseta de merchandising que siempre guardas por si algún día vas al gimnasio. Delante de mí, una niña de poco más de veinte años con un bolso de Gucci y su mascota tamaño bolsillo. Ahí empezaron las señales…

Llegada la hora, las puertas de aquel búnquer se abrieron y todos accedimos al interior. El profesor, un simpático musculitos con cara de psicópata, nos indicó que empezáramos a mover las piernas. Así que yo, muy metida en mi papel, me subí a la cinta y, a una prudente velocidad de crucero, comencé mi paseo matutino. De repente, aquel lobo con piel de cordero anunció: “Corredores, comiencen a trotar. Principiantes 10, intermedios 12, avanzados 14”. ¡Km por hora, sí! Una locura… De repente la luz se apagó, los neones rojos se encendieron y la música empezó a ir a toda pastilla. Vamos, que yo no sabía si salir por patas o pedirme un cubata. Pero ya estaba ahí y no iba a claudicar, así que me puse la etiqueta de “principiante” y comencé a “trotar”.

Tres minutos después, aquel duende infernal ya estaba sugiriendo a sus víctimas “correr” a un mínimo de 15. Y yo, en un apurado 14, con el corazón a punto de salirse por la boca y rezando para no perder mis piernas en aquella carrera contra la muerte, decidí mirar a mi alrededor. Sí, ya sé que nunca es bueno comparar pero tuve que comprobar si el resto de alumnos estaban sufriendo tanto como yo. Por eso de que la unión hace la fuerza… Y nada más lejos de mi realidad. La media de aquella sala era de 20, 23 años, como mucho. Cuerpos atléticos y esculturales que corrían sin rumbo fijo como gacelas por el parque del Retiro. Decidí parar, era la vida o mi dignidad. Y todos tenemos un precio. Cuando por fin alcanzamos el periodo de recuperación, le pregunté a la jovencita de al lado si aquello era siempre tan exigente. Ella, ligeramente sofocada y con una sonrisa de oreja a oreja (que me dieron ganas de borrarle de un guantazo) me dijo: “Sí, ¿a que está padre?”. Ni padre, ni madre, ni Rita la cantadora pensé yo…

Os podéis imaginar cómo salí de allí; confundida, desorientada y con una nueva mejor amiga. No, no me refiero a la simpática adolescente de al lado, sino a la cinta de correr a la que encomendé mi vida durante 50 minutos. Nunca había abrazado tanto algo en mi vida…

via GIPHY

En resumen, el sudor en México, bien sea por el dinero o por la manera de obtenerlo, es caro; muy caro… Y aunque sigo sin adoptar el cuerpo atlético y escultural del resto de pupilos, ya he conseguido subir mi velocidad máxima a unos dignos 16 kilómetros por hora. Dicen que del amor al odio hay un paso y yo sigo yendo cada sábado a Commando Studio a reunirme con mi amante bandido. Y sí, lo documento todo en mi Instagram. Porque aunque he aprendido a querer esta secta de adrenalina, la satisfacción de presumirlo no me la quita nadie.

 

Soy ovetense de nacimiento y mexicana por adopción. Periodista de profesión y cotilla por vocación, dicen que el sarcasmo y el humor negro son mis señas de identidad.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: