En México no llueve

Además del ya analizado tráfico infernal, una de las cosas que llamó mucho mi atención, cuando me mudé a Ciudad de México, fue la altura de los bordillos —en serio, aquí puedes llegar a desarrollar vértigo por el simple hecho de asomarte desde una banqueta—. Aquello era algo que se escapaba de mi entendimiento; sobre todo, teniendo en cuenta que el promedio de este país está muy alejado de la media de los nórdicos —sin ofender—. De hecho son tan altas que estoy convencida que solo con subir y bajar unas cuantas al día, es más que suficiente para lograr un bonito y tonificado derrierepor eso de que nadie se vaya a ofender si digo “culo”—.

Mis dudas se disiparon el día que cayó el primer diluvio universal. Porque en México no llueve, queridos amigos, en este país cuando las nubes deciden ponerse a descargar, más te vale que tu coche se convierta en lancha, pues parece que todos los ángeles se ponen de acuerdo para arrojar cubos de agua por la borda. Una vez empezada la tormenta, reza para estar bien resguardado pues, como daño colateral, la ciudad se inunda en cuestión de minutos —literal—. Puedes correr, saltar y gritar pero no podrás esconderte. Os lo dice alguien que ha visto llegarle el agua hasta las rodillas —y no es una forma de hablar—, en medio de una de esas “lloviznas”, mientras esperaba a que pasara el autobús.

Otra de las consecuencias de la lluvia en la capital azteca tiene que ver con la cantidad de coches y es que, por si el nivel de tráfico no fuese suficiente en condiciones normales, cuando llueve se triplica. En este punto te recomiendo que tengas lista una buena lista de Spotify para montarte tu karaoke particular y que lleves alguna que otra provisión —galletas y frutos secos son la mejor opción, tampoco te pongas a sacar el tupper en plena avenida Reforma porque en una de esas, al de al lado se le antoja— para hacer la espera menos desesperante.

Y si ese día elegiste el transporte público, la bici o directamente optaste por ejercer tu legítimo derecho a ser peatón, ¡aguas! —nunca mejor dicho—, un calzado adecuado puede marcar la diferencia entre llegar a tu casa sano y salvo o quedarte atrapado en el techito de algún comercio. El día que el juicio final llegue —o sea, cualquier fecha del calendario en temporada de lluvias— agradece las banquetas de proporciones superlativas pues, siempre y cuando consigas resguardarte, el bordillo te protegerá de ser tragado por la inundación. Lo de la canoa y los remos también puede ser buena opción, pero ya está en cada uno prepararse como quiera, o como medianamente pueda…

Fotos: Cortesía

En México no hay tráfico

Según el Diccionario de la Real Academia, el sustantivo “tráfico” se refiere a la circulación de vehículos. Teniendo en cuenta que en México hay tantos coches que la circulación es casi nula, podemos afirmar que en México, de hecho, no hay tráfico.

Recuerdo la primera vez que llegué a este país. Al bajar del avión lo primero que vi fue un vendedor ambulante paseando entre los coches ofreciendo lo que mi querido amigo Manus definió como “alegrías”. Os podéis imaginar mi cara en ese momento… ¿alegrías a plena luz del día? Después comprobaría que solo se refería a un dulce propio de la tierra que, por cierto, está bastante rico.

Volviendo al punto inicial, la cuestión es que el hecho de ver personas vendiendo comida y otras amenidades entre los vehículos fue el primer indicativo de que en México la gente pasa mucho, mucho —M-U-C-H-O— tiempo en su coche.

La segunda alarma que me advirtió de lo que estaba por venir fue la primera vez que me subí al coche de una mujer. ¿Quién lleva una plancha del pelo —ojo, adaptable para enchufarla en el cenicero del automóvil—, el estuche de maquillaje y los restos de un desayuno continental en la guantera?

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Como lo oyes, en México las mujeres tienen la capacidad de maquillarse entre semáforo y semáforo. Y no te hablo solo de un no make-up; me refiero a que tienen la habilidad necesaria para hacerse un smokey eye a la vez que se toman su café —del Starbucks, por supuesto. Aunque eso les retrase 15 minutos más, siempre es mejor llegar fardando con tu vaso del café verde, que asumiendo el papel de godín en la máquina de café de la oficina—.

Dejando a un lado las —muchas, para ser exactos— variables que incrementan el fluyo de vehículos en la Ciudad de México (véase lluvia, fechas de pago, manifestaciones, etc.), no hay nada mejor para probar de verdad lo que es el tráfico que salir de la capital un puente cualquiera. Así me pasó este fin de semana cuando, aprovechando el festivo del Día de Muertos, decidí irme a Querétaro. A la vuelta, un trayecto que normalmente se hace en 3 horas, nos llevó casi 6 horas. ¿Te imaginas estar totalmente parado en una autopista como si de un aparcamiento se tratase? Tan real como la vida misma. Y, aunque podría parecer el infierno, lo cierto es que una buena plática, algo para picar y buena música para soltar el estrés a grito pelado —pido perdón públicamente a mi acompañante— hacen que el viaje, incluso, valga la pena.

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En resumidas cuentas, y después de tres años conduciendo en este país, he aprendido que se puede merendar en el coche —unas nueces o unas galletas, tampoco es que vaya yo a sacar el bocadillo de chorizo en pleno Periférico—, y que las largas conversaciones los viernes de quincena —y lloviendo, por no dejar— mantienen vivas las amistades. Eso sí, lo de maquillarme en el coche aún no me atrevo a hacerlo —no vaya a ser que mi código postal me delate y acabe sacándome un ojo con la mascara de pestañas—.

Fotos: Daniela Rodríguez

El día que perdí mi virginidad (en un desayuno)

Ojo, no penséis mal, este no es un artículo pornográfico ni mucho menos —aunque incluya la crónica de algún que otro orgasmo—. Esta es la historia del día que dejé a un lado las galletas de chocolate y me enfrenté, por primera vez, a unos tacos de carnitas para desayunar.

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Para los que no están tan familiarizados con la cultura popular española, deciros que el español, por definición, acostumbra a desayunar ligero. Esto significa que no nos metemos una tortilla de patata al alba ni mucho menos una paella. Como mucho, una tostada con aceite de oliva y jamón serrano. Pero vamos, lo normal son unas galletas, cereales o alguna opción de bollería. Advertidos ya sobre mis hábitos, entenderéis lo difícil que fue para mí llegar a un país donde comer barbacoa los domingos por la mañana se considera deporte nacional y donde los huevos (en cualquiera de sus presentaciones) son básicos en el desayuno de la mayoría de los mexicanos.

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Sin embargo; ya que estamos en el confesionario, he de deciros que tras meses citando a Danny Ocean —por aquello del “me rehúso”— decidí probar suerte y hacer realidad lo del “desayuno de campeones”. Empecé con quesadillas de queso —aunque la aclaración es evidente para los norteños, en la capital es necesaria la aclaración— y hoy en día puedo presumir de haber alcanzado el nivel experto, llegando incluso a disfrutar de unos buenos tacos de carnitas, sin necesidad de una noche de fiesta previa que justifique la sobredosis de calorías.

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En mi particular búsqueda de la felicidad culinaria, he de confesar que nada se compara a unos buenos chilaquiles cualquier sábado por la mañana. Eso sí, como buena catadora de este emblemático plato mexicano, considero que hay ciertas reglas que se deben cumplir para alzarse con el título de “unos buenos chilaquiles”. En primer lugar, T-I-E-N-E-N Q-U-E P-I-C-A-R. Nada de salsitas flojitas que pasan desapercibidas por las papilas gustativas. Solo los que de verdad despiertan tu fuego interior merecen mención especial. Por si me preguntan los puristas, yo los prefiero verdes que rojos, aunque si se me permite la licencia de la innovación, me quedo con los cremosos de chipotle del restaurante Volver. Si por alguna razón no los ves en la carta, pregunta por ellos, me lo vas a agradecer.

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Por otra parte, dejando a un lado los toppings tradicionales, como huevo y pollo desmenuzado, entramos en uno de los debates más recurrentes en cuanto a los chilaquiles; ¿crujientes o aguados? Esa pregunta, para mí, es cómo si me hicieran elegir entre mi padre o mi madre. La mejor respuesta a esa pregunta son aquellos que combinan totopos de diferentes texturas.

Llegados a este punto, me gustaría hacer una reseña especial a los del Café El Popular; además de que la salsa está en su nivel idóneo de picor y los totopos en su punto, tienen la opción de sustituir la crema y el queso rallado por manchego gratinado. ¿Quieres saber lo que es estar en el séptimo cielo? Aprovecha tu paseo por el centro histórico y date un homenaje.

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Por último, si tu idea es mantener la línea y respetar la dieta a rajatabla —o, al menos, intentarlo— te recomiendo los de Ojo de agua, con totopos horneados y topping de aguacate. Una opción saludable que calmará tu antojo.

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Cuéntame tus preferencias, ¿cuáles son tus chilaquiles favoritos?

Fotos: Alba Vázquez

La verdadera magia del Día de Muertos

En España cada vez se extiende más la tradición de celebrar una de las fiestas estadounidenses por excelencia y, aunque los mexicanos aprovechan cualquier excusa para montar un guateque, lo cierto es que aunque Halloween ya se ha adherido con fuerza en su lista de usos y costumbres, en México tienen otra tradición mucho más arraigada, más auténtica y más suya; el Día de Muertos.

Una noche cargada de tradiciones donde los mexicanos veneran y recuerdan a sus seres queridos desaparecidos. Si quieres entender un poco más a fondo de qué se trata este día, te recomiendo (por esa y muchas otras razones) que veas la película de Coco.

 

 

De entre las tradiciones que rodean a esta fecha tan señalada en el calendario, me gustaría hablaros en particular del Altar de Muertos. Una costumbre que, aunque pueda parecer un poco siniestra, me parece una forma muy entrañable y original de mantener vivo el recuerdo de aquellos seres queridos que, por azares del destino o por caprichos de la “llorona” —¿a qué crees que se refería, si no, Chavela Vargas en su mítica interpretación?— , se nos adelantaron en el camino hacia el eterno descanso.

 

 

El Altar de Muertos consiste, como su propio nombre indica, en un altar dedicado a los seres queridos que ya no están con nosotros y que, durante una noche al año, regresan de entre los muertos para venir a visitarnos. Eso sí, como bien refleja la película de Disney antes mencionada, el camino no es fácil y es necesario guiarles en su travesía.

Dejando a un lado los tipos de altares y sus significados, dependiendo del número de niveles incluidos en cada uno, me gustaría resaltaros aquellos elementos más llamativos que los convierten —desde mi humilde opinión— en verdaderas obras de arte.

 

MADAME CLICQUOT
MADAME CLICQUOT

 

Creo que lo que más me llama la atención de estos particulares altares es el colorido de los mismos. Un claro ejemplo de lo que significa la muerte para los mexicanos. Aquí la muerte, a pesar de que la sufren igual que el resto de mortales y sienten la marcha de sus seres queridos como cualquier otra persona, está rodeada de ese humor negro que se respira en la cultura popular, donde llegan, incluso, a reírse de esa llorona insaciable que siempre se empeña en llevarnos de la mano.

Esa vibrante gama cromática de la que os hablaba se refleja muy bien en el arco de flores que simboliza la entrada al mundo de los muertos y que se coloca en la parte alta del altar, presidiendo, además de las representaciones del fuego, el agua y la tierra, y diferentes elementos religiosos; los recuerdos, fotos, objetos y demás atractivos dedicados a los difuntos. Elementos aromáticos, como el incienso y el olor del azúcar de las calaveras —a veces también incluyen chocolate y amaranto— se fusionan con el naranja más potente de la flor de cempasúchil, característica del Día de Muertos, y entran en perfecta sintonía con la comida y la bebida favorita del difunto. Alguna vez, durante una excursión a Morelia, me hablaron del cementerio de Patzcuaro, donde el Día de Muertos adquiere un significado aún más especial, si cabe, y me contaron que los alimentos que los vivos ofrecen a los muertos durante esa noche, se quedan sin sabor al día siguiente, como si la esencia de los mismos se la llevara el festejado… —no, aún no me ha dado por corroborar la teoría—.

 

Altar de muertos en Careyes
Altar de muertos en Careyes

 

Independientemente de las viandas preferidas con las que cada uno quiera agasajar a sus festejados, el pan de muerto es un must en todo Altar de Muertos que se precie. Se trata de un bollito dulce, decorado con dos patitas, que representan los huesos de los muertos, y sésamo (ajonjolí), que representa las lágrimas de las almas que no pueden descansar en paz. Si te vas a los supermercados —el de Chedraui Selecto es una verdadera delicia— y a las pastelerías más sofisticadas, podrás encontrarlos con rellenos especiales como chocolate o cajeta (aquí ya me pierdo en darle significado) y hasta sin gluten (por aquello de que está de moda). Eso sí, yo me quedo con el de siempre, ese que hacen en las confiterías de toda la vida y que huele y sabe a tradición.

 

Pan de muerto
Pan de muerto de Maison Kayser

 

Llegados a este punto, es necesario hacer una advertencia. Si pensabas en echarle mano al altar y llevarte algo de recuerdo, cuidado; al igual que Dante protegía a Miguel en la película de Coco, en la vida real, la figura de un Xoloitzcuintle (el perro típico de México) guiará a las almas a cruzar y será su guardián.

 

 

 

Por otra parte, los altares se han convertido en tal atractivo que muchos hoteles montan el suyo y hasta exposiciones tradicionales se organizan en torno a esta costumbre. Si queréis disfrutar de una muestra de esta tradición, y aderezarla con un buen coctel, os recomiendo que visitéis Madame Clicquot, un bar efímero, ubicado en el hotel St. Regis, en el que la marca de champagne Veuve Clicquot celebra la vida de la mano de los que se han ido con un homenaje a la riqueza cultural y gastronómica de México, a través de una amplia propuesta de mixología.

 

MADAME CLICQUOT
MADAME CLICQUOT

 

Reserva tu espacio, hasta el próximo 2 de noviembre, y no olvides ir con un toque amarillo Clicquot, ya que cuenta la leyenda que Madame Clicquot sabe premiar a los que le hacen tributo a sus muertos de esta manera y no miente, yo hice caso de la tradición, con una blusa de Balmain para H&M en el tono requerido, y Madame Clicquot “en persona”, me lo “agradeció”… (y hasta ahí puedo leer).

 

Con Ludmila Fagoaga
Con Ludmila Fagoaga

 

Por último, decirte que si tienes la suerte de vivir la noche del 1 de noviembre con alguna familia mexicana, sentirás el calor de los vivos que reciben a sus antepasados, mientras comparten un delicioso banquete, marinado con las mejores anécdotas y recuerdos de los que, por un día, vuelven a la vida en el corazón de quienes siempre están dispuestos a recibirlos un año más. Esa es la verdadera magia del Día de Muertos.

Fotos: Cortesía

 

No cojo, no salgo fuera y no me caigo de culo

No sé qué os habrán contado, pero los mexicanos y los españoles no hablamos el mismo idioma. Aunque ambos provienen de la misma raíz latina y están considerados por los entendidos en el tema como “español”, las diferencias de forma y contenido hacen que, en algunas ocasiones, hasta sea complicado entendernos. Por ello, me pareció importante compartiros algunas normas básicas de convivencia para que podamos comunicarnos todos mejor:

1.- En España usamos la palabra “coger” para casi todo. Un verbo, inofensivo en la península Ibérica, que al cruzar el Atlántico se torna algo impúdico dependiendo de los foros en los que uno se encuentre. Aquí no puedes “coger el autobús”, ni decir que alguien “te coge” a una hora determinada (refiriéndose a la hora que pasan a buscarte) ni, mucho menos, celebrar tu nuevo contrato laboral con un “ya me cogieron en el trabajo”. Eso sí, si en el periodo de adaptación se te escapa algún que otro “vas a coger frío” o “te cojo ocupado”, recuerda que en México todo lo agarran mientras que nosotros todo lo cogemos. Y digo yo, ¿quién se lo pasa mejor entonces?

2.- Siento decirte que para vivir en este país es necesario e ineludible que te olvides del culo. Pompis está permitido, trasero es aceptable e, incluso, dependiendo de la audiencia, hasta quedarías bien con un derriere. Pero, queridos amigos, para los ciudadanos de este país, esa palabra que tanto nos gusta a los españoles, y que nos llena el buche cada vez que la usamos en la frase “qué buen culo tiene”, es un vocablo fuera de lugar. Si en este momento estás conteniendo la lágrima al borrar del diccionario tu palabra favorita, no te sientas mal; después del culo, vendrán las tetas…

3.- El mexicano es una persona extremadamente amable y acogedora; sin embargo, su forma de expresarlo a veces llega incluso a malinterpretarse. Me explico; seguro más de una vez habrás escuchado la expresión de “mi casa es tu casa”. Bien pues en este país, muchas veces se ahorran alguna que otra palabra y directamente empezarán las frases con: “El otro día estaba en tu casa (…)”. Todos tranquilos, no es que un desconocido haya allanado tu humilde morada mientras salías a comprar unos chicles. Simplemente están dejando clara la oferta de que su casa también es la suya.

4.- De los mexicanos aprenderás que gastamos demasiado en preposiciones. Si vas por el pan, no necesitas ir A POR el pan. Es algo que me costó aprender pero que me ha hecho ahorrar un montón de saliva en siete años.

5.- De los lugareños también aprenderás que no se puede subir abajo y entrar fuera. ¿Por qué los españoles siempre decimos bajar abajo y salir fuera? Si alguien os dice: “voy a entrar”, ¿os lo imagináis saliendo por la puerta? ¿a que no? ¿Alguna vez os habíais parado a pensarlo?

6.- En el tema de las palabrotas siento deciros que solo la experiencia os dará la clave para usarlas correctamente. Aquí no son tan básicos y evidentes como en España, donde dependiendo de en qué “te cagues”, se puede leer entre líneas la dimensión de tu cabreo. Si aceptáis mi consejo, os recomiendo ampliamente un libro titulado El chingonario: Diccionario de uso, reuso y abuso del chingar y sus derivados, que explica todos los significados y conjugaciones del verbo más básico para sobrevivir en el argot popular.

7.- México no es guay. Y no porque no lo sea de verdad, porque molar, mola un montón. Si no porque aquí, esa palabra, que tan bien define todo lo que es súper hiper mega chachi, no tiene ningún sentido. Si quieres expresar tu admiración por algo, recurre a los clásicos “qué padre” o “qué chido”.

8.- Que no te asuste la obsesión de los mexicanos con la madre. Sus palabrotas más recurrentes incluyen, en la mayoría de las veces, a la más grande de su casa. Si algo les vale madre, les importa un pepino, si algo vale madre (sin el artículo) es que ya no tiene solución y si están hasta la madre quiere decir que ya están hasta las narices. Después de siete años, aún no he descubierto cuánto vale una madre…

9.- Olvídate de tus tíos. En México solo usan ese sustantivo para referirse a los hermanos de sus padres. El clásico “¡qué fuerte tía!” los dejará desconcertados. Eso sí, del otro lado de la moneda encontrarás la muletilla más extendida de toda la república y que, te puedo asegurar, escucharás unas 100 veces por minuto en cualquier rincón de la ciudad: “güey”.

10.- Seguro ya lo habrás oído pero no esta de más recordarte que los adverbios de tiempo en México son mucho más relativos que en España. Si alguien te dice “nos vemos luego” no esperes que te llame en un par de horas. Con ese “luego”, los locales se refieren a “un día de estos” (que nadie te asegura, vaya a llegar). Pero nada desespera más a los recién llegados que el “ahora” o “ahorita”. “Ahorita voy” es como cuando tu madre te llamaba para comer y tú, en el punto álgido de tu sesión de juegos, le gritabas un nada convincente “ya voy”. He tratado de medir cuánto dura el “ahorita” por años; sin embargo, mi única conclusión es que es esa incertidumbre de no saber si durará minutos, horas o si se quedará en el eterno limbo temporal, es lo que hace de este idioma un atractivo y estimulante juego de azar.

Una especie en extinción

Me llamo Alba y soy fruto de los coletazos de una generación denominada por los sabios como millennial. Digamos que nací en el limbo entre la era analógica y la digital, aunque mi ADN sea más de escuchar la radio que de reproducir un podcast. Por si os estáis preguntando por qué ha decidido una tía tan mayor abrir un blog en lugar de cincelar cuatro ideas en una libreta de anillas, la respuesta es fácil.

Desde hace siete años vivo en un país muy muy lejano. Bueno, gracias al par de sangrientas compañías aéreas que tienen el monopolio, no tanto. ¿Queréis una pista? Verde, blanco y rojo es mi presente. Eso es, aunque Oviedo me vio nacer, desde hace casi una década la Ciudad de México (el acrónimo D.F. ya no está de moda) es mi casa por adopción. En esta urbe de proporciones superlativas he vivido las mejores aventuras y las experiencias más desconcertantes. Todas ellas, anécdotas al fin y al cabo, que me gustaría compartir con vosotros a modo de diario de a bordo.

¿Por qué un blog y no un diario al uso? Sí, de esos donde pintábamos corazones cuando aún no teníamos edad de conquistarlos. Soy periodista de profesión y ejerzo de ello. Pero mi imaginación, al parecer, es un ser insaciable que necesita un espacio en blanco para dar rienda suelta a sus impulsos.

Espero que este sea un espacio donde los españoles que viven en el extranjero se sientan identificados y un poco acompañados y, al mismo tiempo, los mexicanos entiendan un poco mejor las rarezas de estos extranjeros, con acento cervantino, que con tanta facilidad se acomodan en su país y se habitúan a sus costumbres. Y si de paso nos echamos unas risas, pues ¡qué mejor!

Ah, y también tengo una identidad secreta. Pero eso ya es otro cantar….

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

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